Boletín 03: abril de 1993

Jueves, 1 de abril de 1993

LAS EVIDENCIAS DEL ÉXODO

En nuestro último boletín examinamos la ruta tomada por Moisés y la multitud cuando abandonaron Egipto. Ahora examinaremos las evidencias que nos muestran exactamente quiénes fueron los dirigentes reales egipcios que participaron en los sucesos del éxodo y la fecha aproximada de este acontecimiento. Este es un asunto complejo del que solo podremos presentar una cantidad de referencias limitadas en esta publicación. Intentaremos presentar una buena cantidad de información en el espacio disponible.

LAS RUEDAS DE CARRETA

Comenzaremos con las ruedas de carreta que Ron y sus hijos encontraron en el Golfo de Aqaba. Estas fueron encontradas en 1978, durante su primera inmersión en el lugar. Al igual que con el Arca de Noé, éstas no estaban en buenas condiciones y requerían de un estudio cuidadoso a fin de determinar con exactitud de qué se trataban. Estaban cubiertas de coral, lo que dificultaba su observación. Sin embargo, parece ser que el coral fue el agente que Dios utilizó para preservarlas.

En su oportunidad encontraron numerosas ruedas, algunas aún en sus ejes y otras sueltas.
También encontraron cabinas de carrozas sin las ruedas:
“[…] Cuando ya estaba por amanecer, el Señor miró al ejército egipcio desde la columna de fuego y de nube, y sembró la confusión entre ellos: hizo que las ruedas de sus carros se atascaran, de modo que se les hacía muy difícil avanzar […]” Éxodo 14:24, 25

Hasta ahora todo encaja con el relato bíblico. Entre las cosas que encontraron había varias ruedas de seis y ocho rayos. Finalmente, Ron encontró en 1988 una rueda de oro de cuatro rayos, casi perfectamente conservada. Su buen estado de conservación se debe a que el coral no crece sobre el oro. Sin embargo, la madera adentro del “enchapado” estaba en muy mal estado, lo que la hacía muy frágil. Dada la circunstancia, Ron decidió dejarla en el agua.  

El significado de estas ruedas es de suma importancia para determinar la fecha del éxodo y la dinastía que estaba vigente cuando éste ocurrió. A finales de los setentas Ron encontró el cubo de una rueda con los restos de ocho rayos saliendo de éste. Ron lo llevó a la oficina de Nassif Mohammed Hassan en El Cairo, un director de antigüedades con quien Ron había trabajado en el pasado. Al verlo, el Sr. Hassan inmediatamente lo identificó como de la dinastía XVIII egipcia.    

Cuando Ron le preguntó por qué estaba tan seguro, el Sr. Hassan explicó que la rueda de ocho rayos había sido utilizada solo durante esa dinastía. Esto ciertamente nos acercaba un poco más a la fecha.

Comenzamos a estudiar detalladamente el carro egipcio y pronto descubrimos que la particularidad de que Ron y los chicos hubiesen encontrado ruedas de 4, 6 y 8 rayos, ubicaba el éxodo en la dinastía XVIII, según numerosas fuentes, como la siguiente: 

“Las referencias a carros en la literatura egipcia comienzan a partir del reinado de Kamose, el rey de la dinastía XVII, quien dio los primeros pasos para liberar a Egipto de los Hicsos; y durante el reinado de Ahmose, el fundador de la dinastía XVIII. Las representaciones pictográficas de éstos, no obstante, no aparecen sino hasta bien entrada la dinastía XVIII” (tomado de “Observaciones acerca de la evolución de la rueda en la dinastía XVIII” por James K. Hoffmeier, JARCE #13, 1976).   

Como vemos, solo al comienzo de la dinastía XVIII se comenzaron a utilizar carros en el ejército egipcio. La Biblia afirma que en los tiempos de José se utilizaban carros, pero aparentemente no estuvieron lo suficientemente desarrollados para la guerra sino hasta años después. 

El autor continúa explicando cómo fue que solo durante la dinastía XVIII se utilizaron las ruedas de 4, 6 y 8 rayos; y cómo muchos monumentos han sido fechados gracias al número de rayos que muestran las ruedas:  

“El profesor Yigael Yadin mantiene que durante la primera parte de la dinastía XVIII, los carros egipcios eran ‘exactamente iguales a los carros cananeos’: Ambos estaban hechos de madera ligera y flexible, con correas de cuero enrolladas a la madera para fortalecerla. Ambos utilizaban ruedas de cuatro rayos.   

Ante los ojos de Yadin, las ruedas de cuatro rayos son un indicativo de la fecha: Se restringen a la primer aparte de la dinastía XVIII. Permanecieron de moda hasta el reinado de Tutmosis IV, cuando las ‘carrozas egipcias comenzaron a abandonar la influencia cananea y sufrieron cambios considerables’.

Yadin cree que la rueda de ocho rayos que se observa en el cuerpo del carro de Tutmosis IV fue un experimento de los artesanos egipcios, quienes, al darse cuenta de su poca practicidad, optaron por cambiarla por la de seis rayos. Tan difundida y meticulosa es la delineación del número de rayos en las ruedas de los carros representados en los monumentos egipcios, que éstas se usan como criterio para determinar si el monumento es anterior o posterior al año 1400 a.C.” (citado del mismo artículo). 

Para más información sobre los carros del ejército egipcio, vayamos al relato bíblico, cuando el faraón y su ejército seguían a la multitud.

“Al momento ordenó el faraón que le prepararan su carro y, echando mano de su ejército, se llevó consigo seiscientos de los mejores carros y todos los demás carros de Egipto, cada uno de ellos bajo el mando de un oficial (Éxodo 14: 6, 7).

Este versículo deja claro que el faraón se llevó consigo a todos los carros que había en Egipto: el suyo; los de sus generales (o “capitanes); y un grupo de carros “escogidos”, que al parecer formaban parte de su ejército regular (“todos los demás carros de Egipto”). ¿Pero quiénes integraban este ejército de 600 carros?
Al parecer, este grupo era una división especial del ejército. No sabemos el número exacto del “escuadrón”, pero tenemos información de un faraón de nombre Ramsés II, quien tenía un ejército de 20 mil soldados, dividido en cuatro divisiones. Esto significa que cada división pudo haber consistido de unos cinco mil soldados. Pero muchas veces el ejército llevaba más que soldados. Para darnos una pequeña idea, debemos entender un poco el gobierno y la economía egipcios.  

“Los sacerdotes y los militares ocupaban las posiciones más altas de la nación después de la familia del rey, y de ellos eran escogidos los ministros y los consejeros. ‘Los sabios consejeros del Faraón’ y los principales oficiales del estado” (tomado de “Los antiguos egipcios, su vida y sus costumbres” por Sir J. Gardner Wilkinson, 1854, t.1, p.316). 

Los sacerdotes y los militares estaban íntimamente asociados—el gobierno egipcio era una combinación de “iglesia y estado”, por decirlo de algún modo. Su sistema de dioses era complejo, por lo que es difícil hacer una descripción completa de éste en este artículo. Pero para nuestro propósito, debemos tener en mente que tenían muchos dioses, siendo el más importante el que representaba al sol. Este dios fue conocido en varios períodos como Amón, Atén o Ra, entre otros nombres. El faraón era considerado la “encarnación terrenal” de este dios.  

Las divisiones del ejército eran bautizadas con el nombre de estos dioses, como “el primer ejército de Amón, el ejército de Ra, el ejército de Ptah, y el ejército de Sutej”. Cuando el ejército se preparaba para la guerra, se realizaban elaboradas ceremonias en diferentes templos, en las que se le solicitaba a los dioses que les concediera la victoria sobre sus enemigos. Entonces, el botín que se obtenía como resultado de la victoria era dedicado a los sacerdotes y a los templos de los dioses. Todas las victorias militares eran atribuidas directamente al favor de los dioses. 

A veces, los sacerdotes acompañaban al ejército al campo de batalla con la esperanza de que los dioses los favorecieran. La evidencia disponible muestra que cuando el faraón y su ejército salieron detrás de Moisés y la gran multitud, se llevaron consigo a todos los sacerdotes de los dioses egipcios. Después de todo, había sido testigo del poder del Dios verdadero, el gran “Yo Soy”. Si el ejército egipcio necesitaba ayuda de parte de sus supuestos dioses, era en ese momento. Creemos que cada sacerdote de cada dios egipcio fue convocado para acompañar al ejército en la persecución a Moisés y la multitud, así como cada ministro de estado.

Esto nos lleva a discutir la rueda de cuatro rayos y enchapada en oro que Ron encontró en 1988. El hecho de que haya sido encontrada del lado egipcio del Golfo de Aqaba, indica que quienquiera estaba sobre ellas, iba detrás del ejército. Sería lógico que un sacerdote que no estaba entrenado para la batalla estuviera en esa posición. De hecho, un carro de oro no habría sido práctico para la batalla—estos carros eran más bien ceremoniales, a diferencia de los que utilizaban los soldados.  

Sabemos también que los sacerdotes tenían carros dorados provenientes de los botines obtenidos de los ejércitos enemigos derrotados. Existe una inscripción de Tutmosis III (dinastía XVIII), que relata:
“Él iba adelante, nadie como él, aniquilando a los bárbaros; derribó a Retenu, reteniendo cautivos a sus príncipes y sus carros labrados en oro, atados a sus caballos”. 

De hecho, hay muchas inscripciones de los reyes de la dinastía XVIII recibiendo carros extranjeros enchapados en oro como botín de guerra o como tributo de parte de los pueblos conquistados. Hay también inscripciones que dicen que muchas veces estos carros dorados eran dedicados a los templos y a los dioses; es decir, los recibían los sacerdotes. 

Sabemos que el rey fue a la guerra en un “carro dorado de electrum” según una de las inscripciones de Tutmosis III; aunque tenemos serias dudas de que permaneció al final del ejército. Sin embargo, el Dr. Bill Shea, del Instituto de Investigación Bíblica, nos dijo hace unos días que él cree que sí es posible que el faraón haya ido al final de su ejército.

Con toda esta información, podemos concluir que la rueda dorada perteneció a uno de los miembros de la casta de los sacerdotes que acompañaban al ejército, o posiblemente a un alto ministro de estado. Si hubiera pertenecido al faraón, habría tenido la “placa” con su nombre grabado en ella—y la que Ron encontró no la tiene, por lo menos en el lado que está expuesto. De cualquier manera, existe evidencia en antiguos sepulcros de que los egipcios construían ruedas con ese diseño, y de que los carros de Retenu (sirios) también tenían el mismo tamaño y diseño.   

Estos dibujos son de “Los antiguos egipcios” por Sir J. Gardiner Wilkinson, y pertenecen a tumbas y monumentos de la dinastía XVIII. En ellos se muestra una representación de las carrozas de Retenu (Siria) y de los egipcios construyendo sus carros. Ambos diseños coinciden con la rueda enchapada en oro que encontró Ron.

LA DINASTÍA XVIII

La data obtenida de las ruedas de los carros ubican el éxodo en la época de la dinastía XVIII. Curiosamente, este es el grupo de reyes del que se tiene más información en toda la historia de Egipto. Podríamos definir ‘dinastía’ como una línea familiar continua de gobernantes. 

“Una subdivisión de esa época más o menos arbitraria y artificial, pero conveniente; comenzando con la edad histórica, fue creada en las denominadas dinastías de Manetón. Este historiador egipcio, sacerdote de Sebenitos, que vivió en la época de Ptolomeo (305-285 a.C.), escribió la historia de su país en griego. Su obra se ha perdido, y solo sabemos de él por un epítome de Sexto Julio Africano y Eusebio, y por algunos extractos de Flavio Josefo. Su obra no era de mucho valor, pues había sido compuesta a partir de leyendas folklóricas y de tradiciones populares relacionadas a los primeros reyes. Manetón dividió la larga sucesión de faraones que conocía en 30 casas reales o dinastías, que aunque sabemos son arbitrarias—pues hubo muchos cambios de dinastías donde él no indica ninguno—divide a los reyes en grupos convenientes que han sido empleados durante mucho tiempo en el estudio moderno de la historia egipcia, al punto de que ya es imposible prescindir de ellos”.

Esta cita de “Historia de Egipto” de James Henry Breasted (1905) p. 13-14; nos dice, de pluma de una de las máximas autoridades del antiguo Egipto, que la base sobre la que descansa la información de las dinastías del antiguo Egipto no es confiable, aunque sigue usándose.

LOS “HICSOS”
La denominada dinastía XVIII consistía de una familia que gobernaba en Tebas. Aparentemente, al momento de llegar esta familia al trono, otras familias reales gobernaban como faraones en otras partes de Egipto. En el norte, o la región del delta, vivía para ese entonces un pueblo al que los egipcios tenían como “extranjeros”. Estos incluían a los descendientes de Jacob o israelitas.

Al parecer, otros pueblos asiáticos se habían mudado a la zona además de ellos—pueblos ambiciosos que deseaban tener gobiernos propios como los egipcios, y que no se apegaban a la religión egipcia.
Sabemos que gracias a un decreto del faraón del tiempo de José, se le permitió a los israelitas vivir “independientemente” y que sus líderes eran considerados “legítimos”—cuando Jacob murió, la descripción de su funeral fue exactamente igual a la que se le daba a los faraones:

“Luego ordenó a los médicos a su servicio que embalsamaran el cuerpo, y así lo hicieron […] El proceso para embalsamarlo tardó unos cuarenta días, que es el tiempo requerido. Los egipcios, por su parte, guardaron luto por Israel durante setenta días […] José fue a sepultar a su padre, y lo acompañaron los servidores del faraón, es decir, los ancianos de su corte y todos los ancianos de Egipto […] También salieron con él carros y jinetes, formando así un cortejo muy grande” (Génesis 50: 2, 3, 7, 9).

De esta forma, los israelitas vivieron durante muchos años pacíficamente entre ellos, escogiendo a sus propios gobernantes. ¿No suena razonable que los familiares y amigos de los israelitas quisieran mudarse con ellos a la región del delta, al ver que había allí una especia de “jardín del Edén”? El hecho es que, hayan sido amigos, familiares o lo que sea; alguien llegó allí y vivió con ellos. Estos extranjeros se convirtieron rápidamente en la “piedra en el zapato” de los egipcios nativos.

Al final de la dinastía XVII, los registros cuentan que los egipcios de Tebas deseaban expulsar a los “hicsos” del delta. Las inscripciones narran la presencia de estos “reyes pastores” en la región del delta, comenzando en la dinastía XVI y terminando en la XVII.

Cuando los gobernadores nativos de Tebas “expulsaron” a los hicsos, lo que ocurrió fue que echaron a estos pueblos que se habían establecido junto a los israelitas en Egipto. Aunque no se menciona a los israelitas por su nombre, sabemos que fue en esta época, al comienzo de la dinastía XVIII, que comenzaron a ser esclavizados. Con los indeseables expulsados, los pacíficos israelitas quedaban ahora a merced de los gobernantes de Tebas.    

Existe una interesante inscripción de la dinastía XVIII atribuida a Hatshepsut, referente a la restauración de Egipto luego que los hicsos fueron expulsados de la región del delta: 

“He restaurado lo que estaba en ruinas, he levantado lo que estaba inconcluso. Mientras los asiáticos estuvieron en medio de Avaris, en la tierra del norte (el delta), y los bárbaros en medio de ellos [la gente de la tierra del norte], destruyeron todo lo que se había hecho, gobernando en ignorancia de Ra”. 

Esta maravillosa cita no dice que quienquiera haya vivido en el delta (los israelitas y los “bárbaros” de Asia) no adoraban a Ra, el dios egipcio del sol. Sabemos que los israelitas no lo hacían. Ellos decidieron simplemente “echar” a los problemáticos, quienes no tenían ningún derecho de estar allí. A los israelitas, que se les había otorgado el derecho de vivir allí, se les canceló su “estatus” especial. Los egipcios no tenían motivos para expulsarlos—después de todo, eran pacíficos, industriosos y fuertes; pero procedieron a esclavizarlos. 

LOS REYES DE LA DINASTÍA XVIII

Según los historiadores, los reyes de la dinastía XVIII se llamaban “Amenothep” o “Tutmosis”. Pero existe un problema con esta fluctuación de nombres. El faraón era considerado la encarnación terrenal del dios principal, y su nombre reflejaba al dios supremo de su familia real.

¿Suena lógico que un rey considerara a Tut (Tutmosis) su dios supremo, y el siguiente considerara a Amón (Amenothep) su dios supremo; y que continuaran con esta sucesión intercalada de dioses durante varios reyes? Obviamente que no.

Como mencionamos anteriormente, la lista de dinastías y de reyes sobre la que los egiptólogos basan su información no es confiable. Las inscripciones encontradas en templos y en tumbas dan a entender que el nombre “Tutmosis” era un calificativo que se le daba a uno de los oficiales del faraón, al igual que el nombre “Amenothep”; y que cada faraón era tanto “Tutmosis” como “Amenothep” según iba ascendiendo desde corregente hasta emperador. 

Según parece, el príncipe recibía el título de “Tutmosis” al ser ordenado corregente; y luego adquiría el título de “Amenothep” al convertirse en emperador; nombre éste que sumaba a sus títulos anteriores. Personalmente, creo que ese era el orden específico en que recibían dichos nombres. Sin embargo, pudo haber sido al revés. Pero no hay duda para nosotros de que cada gobernante poseía ambos nombres y que cada uno de ellos dejó inscripciones relacionadas a su reino bajo ambos nombres—a veces, refiriéndose a sus personas como “Amenhotep” y otras como “Tutmosis”. Cada rey individual dejó escritos en ambos nombres, calculando a veces sus años de reinado desde la fecha de su corregencia y a veces desde la fecha en que fueron envestidos como emperadores. Aún no entendemos a cabalidad las “reglas” que gobernaban estas prácticas. 

EL FARAÓN  “RAMSÉS”

Casi todo el mundo piensa que el faraón del éxodo fue “Ramsés”. ¿Y por qué no? El nombre Ramsés se menciona en la Biblia desde la historia de José. ¿Pero hubo un Ramsés en la Dinastía XVIII? Sí, pero era más un título que un nombre—algo así como el título de “faraón”.

“Tutmosis” no sólo se convertía en “Amenhotep”. Él, como emperador de todo Egipto, también usaba el título de “Ramsés”. Como recordaremos, en la historia de José, la tierra de Gosén también era conocida como la tierra de “Ramsés”.

“José instaló a su padre y a sus hermanos, y les entregó terrenos en la mejor región de Egipto, es decir, en el distrito de Ramsés, tal como lo había ordenado el faraón” Génesis 47:11

El registro histórico egipcio muestra que todos los reyes de la denominada Dinastía V eran llamados “Hijo del sol” o Ramsés”, aparte de otros nombres. Esto ha causado mucha confusión entre los eruditos egipcios, que se han focalizado en un solo faraón, Ramsés II, y lo han proclamado el faraón “más grande de Egipto”. Basta con ir al museo de El Cairo y ver las cuatro estatuas de Ramsés II en el salón principal. Claramente se distingue que cada uno es una persona distinta. Las inscripciones que hablan de “Ramsés” se refieren a varios faraones diferentes. 

Pero volvamos a la inscripción de Hatshepsut en la sección de los Hicsos. Ella decía que esta gente vivía “en ignorancia de Ra”. Esta inscripción deja claro que quienesquiera vivían en la región del delta (Gosén/Ramsés), no adoraban al dios egipcio Ra. El nombre “Ramsés” proviene de “Ra”. Esto comprueba la supremacía de “Ra” durante el tiempo de la dinastía XVIII y que “Ramsés” era uno de los títulos del faraón.

SIR MARSTON Y JOSEFO SABÍAN DE HATSHEPSUT

A quien se decida a investigar este asunto—y definitivamente recomendamos que lo hagan—puedo asegurarle que encontrará que los hechos que hemos presentado son totalmente diferentes a los que nos han presentado los historiadores y los eruditos. Analicen las evidencias bajo la luz de lo que hemos presentado y comprueben por ustedes mismos la forma en que cuadra toda la evidencia. La verdad, no entendemos cómo la mayoría de los eruditos no han podido ver todo esto. No obstante, ha habido unos pocos que sí han encontrado la conexión. Uno de ellos fue Sir Charles Marston, quien en su libro “Nueva evidencia bíblica”, de 1934, reconoce que el éxodo debe haber ocurrido durante la dinastía XVIII, y que Hatshepsut era de hecho “la hija del faraón”. Si él hubiese tenido la información de que los “Tutmosis” y los “Amenhotep” de esta dinastía eran la misma persona (“Tutmosis” cuando eran corregentes en Menfis y “Amenothep” cuando se convertían en emperadores), habría comprendido todo el asunto.

En la página 162 del mencionado libro, Marston resalta el hecho de que Josefo ofrece información valiosa sobre la identidad de la hija del faraón. “Él, sin embargo, menciona el nombre de la princesa que encontró a Moisés en el río. Dice que fue `Thermuthis, en quien vemos una reminiscencia del nombre Thotes o Tahutmes, que fue llevado por los tres faraones en cuyos reinados Hatshepsut jugó un papel importante”.

EL HOMBRE QUE TOMÓ EL “LUGAR DE MOISÉS”

Cuando Moisés huyó de Egipto a la edad de 40 años; el emperador Amenhotep I era un anciano. Él había estado preparando a Moisés para el trono durante 22 años, pero ahora se creaba un gran problema. ¿Quién sería el futuro rey?

En Menfis, un joven había sido preparado para que fuera el corregente de Moisés cuando éste se convirtiera en emperador. Este joven fue elevado inmediatamente al rango de corregente y se le dio el mismo nombre de Tutmosis. Los registros muestran que asumió el trono en su vigésimo segundo año. Este es un recuento extraño, que dice más de lo que uno pudiera notar a simple vista. El corregente, o “heredero real”, comenzaba a contar sus años “de carrera” cuando era designado “heredero real”. Ese se convertía en su primer año. Aquí encontramos a un hombre asumiendo oficio en el año vigésimo segundo y bajo el mismo nombre que tenía Moisés. 

Debemos recordar que mientras el heredero asumía cada etapa de su carrera, bien sea como “heredero real”, príncipe de la corona, o corregente; en algunos lugares contaba sus años desde ese momento particular. Es por ello que a Tutmosis III se le adjudican 54 años; mientras que a Amenhotep, de 26 a 32 años (dependiendo del autor que se consulte). El problema con Tutmosis III, quien tomó el lugar de Moisés, es que no hay registro de su ascenso a través del escalafón. Simplemente aparece en el año vigésimo segundo asumiendo el trono.     

Lo que sucedió aquí es que cuando Moisés huyó, este hombre asumió los años que Moisés tenía en esa posición, a fin de continuar el reinado de la encarnación humana de  “Thot” en el corregente “Tutmosis”. En otros casos, como cuando moría un personaje real, se creía que el dios “volaba hacia los cielos” y descendía nuevamente en el cuerpo de quien sería su próxima encarnación terrenal. Pero en este caso no había muerte—debía haber una transferencia inmediata, y eso fue exactamente lo que se hizo. Todo lo que perteneció a Moisés le fue traspasado figurativamente a este “nuevo” Tutmosis, y las cosas pudieron continuar su rumbo normal. Este hombre ha sido identificado por los eruditos como Tutmosis III. Todas las estatuas que se conocen de él, son realmente estatuas de Moisés.  

A este Tutmosis es a quien los eruditos otorgan 54 años de reinado. No obstante, 22 de esos años pertenecieron a Moisés, el hombre a quien reemplazó. La evidencia histórica también prueba esto. Si le restamos 22 años al total de 54, quedamos con 32 años. Ahora, en vez de examinar toda la evidencia, veamos lo que dice un historiador de Tutmosis III: “Falleció después de un reinado de 32 años (algunos dicen 44) habiendo logrado el liderazgo egipcio en el mundo mediterráneo”. Esta cita ha sido extraída de “Historia de la civilización”, Tomo 1, por Will Durant (1954) p. 155.

Y ciertamente, fue 32 años después cuando murió el hombre que se convirtió en emperador después de tomar el lugar de Moisés. Amenhotep II fue tal vez el mayor gobernante que tuvo Egipto. Para el momento de su muerte, Egipto era una potencia mundial y la nación más próspera del planeta. Hatshepsut vivió muchos años después que Moisés huyó, y es descrita como reina en muchos monumentos hasta bien avanzado el reinado de este rey.

EL FARAÓN DEL ÉXODO
Luego de la muerte de Amenhotep II, su corregente por 49 años—el cuarto Tutmosis— se convirtió en Amenhotep III. Por encima de quien se convertiría en emperador, designó “príncipe de la corona” a su joven hijo Tutankhamon. Este faraón gobernó Egipto por los siguientes ocho o nueve años. Heredó el trono en un momento en que Egipto estaba sólidamente establecido como potencia mundial. Lo único que tenía que hacer, prácticamente, era sentarse a colectar los tributos que llegaban del extranjero. Egipto tenía tropas estacionadas en todos los territorios vasallos y mantenía su imperio en paz. En sus inscripciones, este emperador afirma ser un guerrero triunfante, aunque las referencias son del tiempo de su corregencia, cuando acompañaba a Amenhotep II en sus hazañas.

Pero lo más interesante de este hombre es que la data histórica muestra que él nunca reclamó el trono. Él no era el primogénito del faraón, a quien le tocaba recibirlo “por ley”. La conocida “estela de la esfinge”, aún visible entre las garras de la esfinge en Giza, cuenta la extraña historia de cómo Tutmosis IV se durmió un día a la sombra de la esfinge. Allí. soñó que el dios sol vino a él y le dijo que si limpiaba la arena alrededor de la esfinge, él lo convertiría en rey. Esta elaborada historia no habría sido necesaria si él hubiese alcanzado el trono como cualquier heredero legal. Pero según parece, Amenhotep II tampoco tenía un hijo real. Las inscripciones egipcias llaman siempre “hijo” al nuevo rey, aunque esto es figurativo, pues se refieren a Osiris y a Horus. Mantengamos en mente que este nuevo faraón no era el primogénito del faraón anterior. Esto es importante, ya que este Amenhotep III fue el faraón del éxodo. Analicemos esto: todos los primogénitos fallecieron de manos del ángel de la muerte. ¡Si el faraón hubiese sido primogénito, habría muerto esa noche! Por esto es muy importante dejar claro que este faraón no era un primogénito. 
Luego de reinar como emperador durante ocho o nueve años, alcanzamos el cuadragésimo año después que Moisés huyó de Egipto. No olvidemos que el faraón que tomó el lugar de Moisés reinó por 32 años. Este último faraón reinó entonces de ocho a nueve años. Esto iguala los 40 años que Moisés estuvo en la tierra de Madián. 

Al término de los 40 años, Moisés regresó a la corte del faraón Amenhotep III bajo el mandato divino, y al poco tiempo comenzaron a caer las plagas en Egipto. Cuando la plaga de la muerte de los primogénitos fue cumplida por el ángel de la muerte, el faraón no se vio afectado, pero sí su hijo: “y todo primogénito egipcio morirá: desde el primogénito del faraón que ahora ocupa el trono hasta el primogénito de la esclava que trabaja en el molino, lo mismo que todo primogénito del ganado” (Éxodo 11:5).

Este hijo era el joven príncipe de la corona, conocido como el “rey Tut”. Este último nombre, sin embargo, es errado; pues nunca llegó a ser faraón, sino príncipe de la corona. Aunque todos los historiadores debaten sobre la identidad de su padre, en una inscripción en una estatua de un león dedicada por Tutankhamon al templo de Soleb, él llama padre a Amenhotep III. Recordemos que Amenhotep III también se llamaba Tutmosis IV. 

LAS MOMIAS REALES

Otro factor de confusión a la hora de identificar estos reyes y reinas es la sobreabundancia de momias reales. Por ejemplo, aunque Tutmosis III y Amenhotep II eran la misma persona, se han encontrado momias distintas para cada nombre. ¿Echa esto por tierra nuestra teoría? En lo absoluto. Primero, es necesario tener un entendimiento de las creencias religiosas del antiguo Egipto respecto a la muerte. 

Ellos pensaban que al morir era necesario un cuerpo para que el ba, el ka y el akh sobrevivieran. Estos eran, por decirlo de alguna manera, los “espíritus” que conformaban a la persona física y que sobrevivían a la muerte. No obstante, cuando un cuerpo no estaba disponible para ser sepultado, cualquier cadáver servía, con tal de que llevara el nombre del difunto. Ellos creían que mientras se pronunciara el nombre de la persona o se inscribiera en las paredes de su tumba, su inmortalidad estaba asegurada. El nombre era lo que importaba. La siguiente cita está extraída de “Momias, mitos y magia en el antiguo Egipto” por Christine El Mahdy (1989) p. 13: “La tumba, la momia, el equipo, las pinturas y los relieves estaban diseñados para ayudar a preservar el nombre del individuo. El mayor terror imaginable era que el nombre fuera destruido, borrado de las paredes”.

Si la momia del individuo eran tan importante, ¿por qué le temían tanto a la desaparición del nombre? Porque esa era la llave, en su creencia, hacia la inmortalidad. La momia era importante, así como las estatuas del fallecido; pero la momia podía reemplazarse en un instante, sin problemas.

Como se consideraba un deber sagrado del rey proteger los sepulcros de sus antecesores; si un rey no podía encontrar la momia de un rey particular, se proveía una. Esto está registrado en numerosas inscripciones.

Los arqueólogos afirman haber encontrado las momias de todos los Amenhotep y los Tutmosis. Sin embargo, un examen detallado de la evidencia nos lleva a concluir que las únicas momias que pertenecen a los faraones de la dinastía XVIII en cuestión son las de Amenhotep I y Amenhotep II. Amenhotep I (Tutmosis I) fue encontrado en su propio sepulcro, al igual que Amenhotep II (Tutmosis III). La momia de Amenhotep I nunca fue desenrollada, pero sí se le hicieron rayos X, revelando varias peculiaridades genéticas compartidas por las momias de varios de sus ancestros. La más notoria era que tenían la misma maloclusión—una protuberancia prominente de los dientes frontales. Esta característica genética está presente en todos sus parientes femeninos—hermana, madre, abuela e hija. 

Pensamos que las únicas momias auténticas de los reyes de la dinastía XVIII son las de Amenhotep I y Amenhotep II. Lógicamente, no puede haber una momia de Amenhotep III, pues él se ahogó en el Mar Rojo. Tampoco puede haber una momia de Tutmosis II porque él era Moisés. Creemos que las supuestas momias de Tutmosis I, III y V; y de Amenhotep III; fueron cuerpos suministrados por reyes posteriores, ya que fueron encontrados en sepulcros y sarcófagos distintos, en vista de que no se trataban de los verdaderos cuerpos reales.

He aquí un par de ejemplos que demuestran que estas momias son extremadamente dudosas. El siguiente, habla sobre la supuesta momia de Tutmosis I, que se sabe gobernó un mínimo de 21 años, según las inscripciones encontradas.

“Sin embargo, algunos eminentes antropólogos físicos que la han examinado con rayos X, están convencidos de que la momia pertenece realmente a un hombre joven, de unos 18 años. Ciertamente, el cuerpo no tiene más de 20 años” “Radiografiando a los faraones” por James E. Harris y Kent R. Weeks, (1973) p.131-2.

El hecho de que la momia sea demasiado joven para ser el rey es suficiente evidencia. Ahora, volvamos a cuando la momia fue identificada como Tutmosis I:

“Entre las momias descubiertas en Deir-el-Bahari había una que fue encontrada en un ataúd que llevaba el nombre de Pinozen I, de la Dinastía XXI, y que se pensaba que realmente pertenecía a este rey. Maspero, sin embargo, creó la opinión de que se trataba mas bien de la momia de Tutmosis I, por la resemblanza facial que tenía de los faraones Tutmosis II y III” “Momias egipcias” por G. Elliot Smith y Warren R. Dawson (1924) p. 91.

Esta momia fue identificada como Tutmosis I porque se parecía a las otras momias. La verdad, una forma poco confiable de identificación. Sumemos el hecho de que la supuesta momia de Tutmosis III era demasiado joven, y el hecho de que no llegaba ni a cinco pies de altura. La momia de Tutmosis IV, lucía extremadamente delgada y fue identificada como de solo 30 años de edad. La verdad, no se necesitan muchos conocimientos para darnos cuenta de que estas momias son “impostores”.

EL “WATERGATE” EGIPCIO

Corría el año de 1446 a.C. El faraón egipcio, su ejército, y todos los miembros del sacerdocio están en apuros. No digieren la idea de que los esclavos del país han huido; incluso luego que el faraón y sus ministros prácticamente les rogaron que se quedaran hace menos de una semana. Los egipcios colmaron a la gran multitud de esclavos con objetos de oro, plata y piedras preciosas, como “pago” por los servicios que habían desempeñado como esclavos. 

“Después, siguiendo las instrucciones que Moisés les había dado, pidieron a los egipcios que les dieran objetos de oro y de plata, y también ropa. El Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas, así que les dieron todo lo que les pedían. De este modo los israelitas despojaron por completo a los egipcios” (Éxodo 12:35). La palabra hebrea traducida en este texto como ”pedir” y “dar” es Shaal. Esta palabra es usada seis veces en la Biblia como “pedir prestado”, dos como “prestar”, 87 veces como “pedir” y más de 60 veces se traduce de otra manera cuando el texto habla de “solicitar”. Pero aquí se nos dice que ellos “pidieron” estas cosas, como Dios les había ordenado, para que no fueran una nación indigente. Los egipcios hicieron a gusto lo que ellos les pidieron. Los egipcios temían a Dios, luego de las terribles plagas que habían caído sobre ellos de manos del Dios de los israelitas.

Regresemos a Egipto. El país entero se encuentra luchando por recuperarse de la destrucción catastrófica que sufrió como resultado de las plagas causadas por “Yo Soy”, el Dios de los esclavos. Cada familia llora la pérdida de algún primogénito. Nunca antes había sucedido algo como esto en medio de este pueblo.
El príncipe de la corona, el joven Tutankhamon, es llorado por toda la nación mientras se realizan los preparativos para su sepultura. La expectativa aumenta pues el faraón, los ministros de estado, el ejército y los sacerdotes aún no regresan de perseguir a los esclavos. Por toda la tierra se escuchan los lamentos desde que el sol se levanta hasta que se pone, incluso durante la noche.

El faraón, cuando ascendió al trono unos ocho o nueve años atrás, se había llevado con él a su “gran esposa y reina”, una dama de sangre extranjera de nombre Tiy. Mientras fue corregente en Menfis estuvo casado con una hija real, según la tradición. Fue esta dama real quien dio a luz a su primogénito Tutankhamon. Pero fue la esposa “común” extranjera quien fue elevada como “esposa y reina del gran rey” apenas él se convirtió en el “jefe”. Esta dama jugó un importante papel en los acontecimientos que se sucedieron más adelante en la historia egipcia, después del Éxodo. Pero prosigamos con nuestra historia.
Pronto llegó al palacio de Menfis una noticia demasiado fantástica para ser creída—¡Todo el ejército egipcio, incluyendo a los sacerdotes y al mismísimo faraón, había perecido ahogado en el Mar Rojo mientras acechaba a los esclavos! La confusión, el dolor, el miedo y la agonía que sufrió el país fue inimaginable. Rápidamente, se hizo evidente en las mentes de los que quedaron que esto no podía darse a conocer.
El emperador anterior había logrado posicionar a Egipto como una potencia mundial. Todas las naciones respetaban y temían a Egipto. Todos, o por lo menos la mayoría, traían tributos regularmente a los palacios, por lo que al país no le faltaba nada. No necesitaban ni ir a la guerra, pues las naciones temían a su gran ejército. Si llegaba a saberse algo, Egipto podría perder el control de sus territorios vasallos, lo que significaría un desastre financiero.

Existe un registro milagrosamente preservado de las últimas correspondencias oficiales del faraón que se ahogó en el Mar Rojo, así como de correspondencias con el antiguo faraón e incluso con Tiy. Éstas están contenidas en un grupo de tabillas encontradas en Amarna, conocidas como las cartas de Amarna. Entre ellas hay correspondencia de este faraón Amenhotep III del éxodo de parte del rey babilónico Kadashman-Enlil; y del rey Tushratta, del reino de Mittanni; que ayudan a verificar otros eventos mundiales de la época.
El mayor contendor del poder mundial, después de Egipto, era el emergente imperio hitita. Shubiluliuma, el mayor de los reyes hititas, acababa de asumir el trono hacía unos años. Los Egipcios serían presas fáciles si el mundo de la época se enteraba de los sucedido.

Pasó el tiempo, y los egipcios trataron de recoger los pedazos y continuar con sus vidas, pero esto no fue fácil. Lo único que tenían a su favor era lo aislados que estaban del resto del mundo. Nadie podía entrar al país sin ser detectado mucho antes de llegar. Precauciones muy cuidadosas se llevaron a cabo para que otros no se enteraran de lo sucedido.

Quedaba una solo persona en Egipto que tenía el derecho de escoger a un nuevo faraón. Se trataba de la gran esposa real original de Amenhotep III, la madre de Tutankhamon. Pero su situación no era nada fácil. Recordemos que cuando su esposo asumió el trono como emperador tomó una esposa que no era ella, quien se convirtió en su favorita.

“¡MI ESPOSO HA MUERTO Y YO NO TENGO UN HIJO!”

La verdadera esposa del linaje real tomó la única decisión posible a fin de mantener el liderazgo del país y brindarle protección y seguridad a Egipto. Entonces, decidió escribirle una carta al rey hitita. Sabemos de esto, por una inscripción dejada por el hijo de Shubiluliuma, rey hitita:  

“…Cuando el pueblo de Misra (Egipto) supo de la destrucción de Amqa, tuvieron miedo; y para empeorar las cosas, su amo Bibhuria acababa de morir; y su viuda, reina de Egipto, envió un embajador a mi padre, escribiéndole en estos términos: ‘Mi esposo ha muerto y no tengo un hijo. La gente dice que su majestad tiene muchos hijos. Si me enviáis a uno de vuestros hijos, él se convertirá en mi esposo, pues me es repugnante tomar a uno de mis siervos como esposo’. Cuando mi padre se enteró de esto, mando a reunir al concilio de los grandes: ‘Desde tiempos inmemoriales jamás había sucedido algo semejante’. Decidió entonces enviar a Hattu-Zittish, el chambelán real. ‘Ve y tráeme información veraz, pues tal vez estén tratando de engañarme. Traedme información veraz sobre la posibilidad de que puedan tener un príncipe’. Mientras Hattu-Zittish estuvo ausente en suelo egipcio, mi padre  derrotó a la ciudad de Karkemish […] el embajador de Egipto, el señor Hanis, vino a mí. En vista que mi padre instruyó a Hattu-Zittish cuando fue al país de Egipto, diciendo: ‘Tal vez tienen un príncipe, y no desean realmente que uno de mis hijos reine sobre ellos’; la reina de Egipto respondió lo siguiente: ‘¿Por qué decís ‘están tratando de engañarme’? Si tuviera un hijo, ¿escribiría a un país extranjero de una manera humillante para mi y para mi país? ¡Aparte de que no me creéis, me lo decís! El que era mi esposo ha muerto y no tengo un hijo. ¿Tendré que tomar entonces a uno de mis siervos para que sea mi esposo? No he escrito a otros países, os he escrito a vosotros” 
Hay más, pero por razones de espacio, solo contaremos lo que sucedió. Shubiluliuma finalmente confió y envió a su hijo, pero el hijo nunca llegó a Egipto. Nadie sabe qué le sucedió exactamente, pero sí sabemos lo que sucedió después. 

Antes de dejar esta importante carta, debemos señalar que la evidencia más convincente es el hecho de que la reina que le escribió la carta al rey hitita señala que los únicos que quedaron en Egipto son sus “siervos”. ¿No es esta una descripción perfecta de la situación que habría resultado si todos los ministros reales, sacerdotes y el ejército se ahogaran en el Mar Rojo? Los eruditos dicen que el faraón que había muerto era “Bibhuria”, que para ellos es el mismo “Tutankhamon”, pues uno de sus nombres era “Neb-kheper-ru-re”. No obstante, nosotros creemos que debe transliterarse como “Neb-maat-Re”, uno de los nombres de Amenhotep III. De cualquier manera, la evidencia es muy sólida. Quienquiera haya sido la hija real del faraón fallecido (que estaría “casada” simbólicamente con Tutankhamon), habría tenido el derecho real a hacer esto. Por lo tanto, dada la evidencia, no importa qué esposa escribió la carta.

RIVALIDAD POR EL PODER

El tiempo pasó en el devastado Egipto. Pequeños encontronazos surgieron entre la verdadera esposa real y la extranjera favorecida por el fallecido faraón. Pronto se convirtieron en una lucha de poder—una que debía permanecer confidencial, a fin de que el mundo exterior no se enterara de la vulnerabilidad de Egipto.

No hay evidencias específicas sobre lo qué sucedió después, pero hay suficientes evidencias como para hacernos una idea general. La ganadora en la lucha por el poder fue Tiy, la esposa favorecida, la extranjera. Ella se casó con un hombre de nombre “Ay” —quien por la evidencia, sabemos que ocupó el cargo de faraón por dos o tres años, aunque no es reconocido como un verdadero rey de Egipto en las inscripciones de los reyes subsiguientes. Este hombre fue quien ofició la ceremonia de sepultura de Tutankhamon, príncipe de la corona. La evidencia no deja dudas de que Tutankhamon fue sepultado de forma muy precipitada y que la mayoría de los objetos en su sepulcro no le pertenecían originalmente. Los nombres de su padre fueron cambiados por el suyo—recordemos que su padre no tuvo sepultura porque se ahogó en el Mar Rojo. 

“AKHENATÓN”

Tiy seguía manteniendo el poder tras bastidores, a pesar de que Ay era “oficialmente” el faraón. En tres o cuatro años, logró elevar a su hijo al trono, apenas fue lo suficientemente mayor. Inicialmente fue conocido como “Amenhotep IV”, pero hoy en día se le conoce mejor como “Akhenatón”. Él era un hijo verdadero del faraón fallecido, pero como su madre era de ascendencia extranjera, no era un aspirante legítimo al trono. Solo en una situación como la que atravesaba el país para ese momento, pudo él alcanzar ese lugar.
A pesar de que la historia registra a Akhenatón como el faraón, es evidente que su madre era quien gobernaba desde las sombras. Quien haya estudiado la historia de Egipto, habrá escuchado hablar de Akhenatón, a quien los egiptólogos adjudican el haber cambiado el sistema religioso del antiguo Egipto de uno politeísta a otro monoteísta. En cierta forma es verdad. Pero volvamos al antiguo Egipto y los eventos que allí se suscitaban…

Tiy, quien ahora estaba casada con Ay, logró posicionar finalmente a su hijo como emperador. Durante un tiempo fue conocido como Amenhotep IV. Evidentemente, era muy joven—una carta de Tushratta, el rey Mitanni, encontrada en Amarna, le aconseja estar seguro y escuchar a su madre. Las inscripciones antiguas y las estatuas lo representan como un hombre extraño, con barriga de jarrón, casado con una hermosa mujer de nombre Nefertiti y con una gran familia compuesta por puras niñas. De hecho, la evidencia parece mostrar que todo esto no era más que un montaje, una creación para dar a entender que Egipto tenía un faraón fuerte al mando. La cronología de los registros antiguos da a entender esto por las contradicciones que muestra sobre las edades de sus hijos, así como otras incoherencias.

Sin sacerdotes disponibles para la adoración de los numerosos dioses egipcios; Tiy implanta, mediante la supuesta autoridad de su hijo el faraón, una reorganización del sistema religioso. Todos los dioses que existían fueron dejados por fuera. Después de todo, ¿no habían fallado miserablemente al enfrentarse al Dios de Abraham, Isaac y Jacob? Se comenzó a adorar al Dios “Atén”, quien es de hecho una variante del antiguo dios sol “Amón” o “Ra”. Aparentemente, Atén era el dios de la tierra natal de Tiy. En vista que los registros muestran que Tiy era adorada como una diosa en Nubia, y Atén era el dios nubio, podemos asumir que su ascendencia era nubia. El arte de este período también refleja un estilo similar al nubio.  

Las antiguas capitales de Menfis y Tebas fueron abandonadas por el nuevo gobierno y se construyó una nueva capital ubicada entre estas dos ciudades. Se le puso por nombre “Amarna”, en donde se radicaron Tiy, Akhenatón y su “familia”. A los pocos años fue reabierta la tumba de Tutankhamón y se le incluyeron nuevos muebles con el nombre del nuevo faraón, a fin de satisfacer a los dioses, según la tradición. Todas estas acciones tenían un doble propósito—cumplir la creencia religiosa que requería que cada faraón se ocupara de la sepultura de sus ancestros, y esconder los eventos que sucedieron. La vergüenza que sufrió Egipto, y la terrible pérdida de manos del gran YO SOY, debía ser borrada cuidadosamente de todos los registros egipcios.

En Palestina, mientras tanto, los vasallos egipcios estaban en peligro. Las cartas de Amarna narran que estas ciudades, que se encontraban bajo el control de Egipto, estaban amenazadas por los amorreos y por lo hititas. Ellos le habían rogado al faraón que enviara tropas, pero como afirma una de las cartas, ninguna ayuda se había recibido durante veinte años. La situación se estaba deteriorando rápidamente, y los egipcios aún no contaban con un ejército como tal. Después de todo, todos los militares entrenados se habían perdido en el Mar Rojo; y sin líderes militares, era imposible entrenar y liderar un ejército de soldados hábiles.

En su momento, los egipcios finalmente se revelaron contra el extraño liderazgo que había surgido de manos de Tiy, la reina extranjera. La evidencia sugiere que tal vez la familia Amarna murió a consecuencia de una plaga. Sea lo que haya sucedido, los eventos que tuvieron lugar en el antiguo Egipto son una sólida confirmación del registro bíblico—no importa cuánto empeño pongan los historiadores en interpretarlos de otra manera.

“EL PRESAGIO DEL SOL”

La evidencia que examinaremos ahora nos lleva al momento en que la gran multitud entró finalmente a la tierra prometida. ¿Recuerdan a Shubiluliuma, el rey hitita que recibió la carta de la reina egipcia? Su hijo Murshilish dejó constancia de un acontecimiento ocurrido en su décimo año—y es importante establecer la fecha en que ocurrió. Se sabe que el reino de Shubiluliuma tuvo un excedente de 30 años y que llegó al trono justo antes del éxodo. Sabemos que después que murió, otro hijo tomó el trono durante un corto período de tiempo, y que murió a consecuencia de una plaga. El registro histórico señala que su primer hijo mantuvo el trono por menos de un año.

De esta forma, si Shubiluliuma murió unos 30 años después del éxodo, el siguiente hijo durante el mismo año y el hijo que registró el acontecimiento reinó nueve años completos y estaba en su décimo año de reinado cuando esto sucedió; podemos fechar el acontecimiento unos 40 años después del éxodo. Suena un poco complicado, pero es importante mostrar en qué fecha estábamos durante el décimo año de Murshilish.

El acontecimiento que describió Murshilish fue el “presagio del sol”; tan siniestro, que Tawanna, la reina viuda, lo interpretó como la señal de una tragedia eminente en la casa real. ¿Pero de qué se trataba este “presagio del sol”? Los eruditos tratan de explicar que se trató de un eclipse, pero muchos historiadores niegan esa posibilidad. El hecho es que estos pueblos antiguos estaban bien familiarizados con los eclipses—incluso tenían la habilidad de calcular cuándo ocurrirían. Hay un solo acontecimiento que encaja perfectamente en la descripción del presagio del sol, suficientemente aterrorizante como para que la reina lo viera como una señal maligna—y ocurrió unos 40 años después del éxodo. Está descrito en la Biblia: 
 “Ese día en que el Señor entregó a los amorreos en manos de los israelitas, Josué le dijo al Señor en presencia de todo el pueblo: «Sol, detente en Gabaón, luna, párate sobre Ayalón.» El sol se detuvo y la luna se paró, hasta que Israel se vengó de sus adversarios. Esto está escrito en el libro de Jaser. Y, en efecto, el sol se detuvo en el cenit y no se movió de allí por casi un día entero” (Josué 10:12-13). 

¡El “día largo” de Josué, apenas entraron a la tierra prometida después de 40 años de peregrinación, fue registrado por el rey hitita Murshilish!

“LAS PLAGAS DE LOS EGIPCIOS”

Murshilish ofrece otra evidencia que verifica otro hecho bíblico. Vayamos a las Escrituras, cuando Moisés se dirige al pueblo después que salieron de Egipto:

“El Señor tu Dios te hará entrar en la tierra que vas a poseer, y expulsará de tu presencia a siete naciones más grandes y fuertes que tú, que son los hititas, los gergeseos, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos” (Deuteronomio 7:1).

Moisés les dijo que el Señor expulsaría a los pueblos que habitaban la tierra prometida y que los hititas estaban entre los que iban a ser expulsados. Volvamos ahora al capítulo de Deuteronomio, donde Moisés explica cómo el Señor lograría esto:

“El Señor te mantendrá libre de toda enfermedad y alejará de ti las horribles enfermedades que conociste en Egipto; en cambio, las reservará para tus enemigos” (Deuteronomio 7:15).

¿Cuáles eran exactamente estas horribles enfermedades?
“El Señor te afligirá con tumores y úlceras, como las de Egipto, y con sarna y comezón, y no podrás sanar” (Deuteronomio 28:27).

Cualquiera fueron estas enfermedades, estamos seguros de que fueron fatales. Leamos ahora lo que escribió Murshilish en sus “oraciones por las plagas” dirigidas al dios de la tormenta hitita. Recordemos que Murshilish era el rey hitita al momento en que Josué guió al pueblo de Israel a la tierra prometida:

“¿Qué es esto que han hecho? Han traído una plaga a nuestra tierra. La tierra Hatti ha sido cruelmente afectada por la plaga. Por 20 años los hombres han estado muriendo desde los días de mi padre, en los días de mi hermano y también en los míos, desde que me convertí en sacerdote de los dioses […] mi padre envió soldados a pie y en carrozas a atacar la tierra de Amqa, en territorio egipcio. Envió tropas nuevamente y los volvió a atacar […] El dios de la tormenta, mi señor, permitió que mi padre prevaleciera; él golpeó y venció a los soldados de a pie y los carros del país de Egipto. Pero cuando trajo a territorio Hatti a los prisioneros que habían tomado, una plaga brotó entre los prisioneros y comenzaron a morir.  

Al llevar a los prisioneros a la tierra Hatti, estos llevaron consigo la plaga. Desde ese día, la gente ha estado muriendo en la tierra Hatti”. 

Los hititas recibieron la plaga de parte de los soldados egipcios que estaban estacionados en Amqa, un territorio egipcio sobre el Líbano. Los que contrajeron la plaga murieron. ¡Nuevamente, leemos un relato contemporáneo de los acontecimientos, tal como los describe la Biblia!

Última actualización ( sábado 23 de abril de 2005 ).
 
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